Tuesday, 8 March 2011

CATEGORIA JUVENIL


"VERÍDICA REALIDAD"

Camina  tranquila, ya olvidó…
(Antes, 2 días atrás.)
-¡Cállate! ¿Qué quieres ya? ¡Qué!¿ estás agobiada? ¿Qué quieres trabajar? ¡Inútil!
……………………………………
En esa calle, no le hacía falta pensar en lo que tenía que hacer para contentarlo. No quería llegar a casa, pero a la vez, quería verlo, sentir que había cambiado. Cuando entró por la maciza puerta, (que días atrás fue objeto de golpe) lo miró, estaba tranquilo en el sofá.
-¿Y la cena?
-Ya está preparada, espera, yo pongo la mesa.
Fue a la cocina, cogió el plato de pasta que había preparado con esmero, sólo porque le gustaba a él.
En ese momento, se levantó, la cogió entre sus brazos.
-Estás muy guapa hoy.
La tomó, la apretó contra él, ella forcejeó, no hacía más de una semana que había perdido al niño.
En ese momento todo cambió, la tiró al suelo, y su puño se metió de lleno en su estómago, la enganchó del pelo y la arrastró por todo el cuarto. Entonces fue a la cocina, cogió un cuchillo…
Después, no quedó más que sus manos llenas de sangre, su horrible ira innata y otro miembro más en una lista interminable.

Autora: Miriam Salinas Guirao




"MI MADRE"

            Mi madre forma parte de la generación del baby-boom. En el año 1965, cuando nace, solamente estudian unas pocas chicas y ella tiene la mala fortuna de no poder hacerlo.

            Con catorce años acaba el colegio, después su primer trabajo: coger fruta durante todo el verano. Así se pasa algo más de seis años, de una cooperativa a otra levantándose a las seis de la mañana y durmiendo las pocas horas que le permite el trabajo.

            A los 21 comienza a trabajar como limpiadora en una oficina, luego pasa a una sucursal bancaria, a un colegio y ahora trabaja en un centro de salud, limpiando por supuesto. Por el camino le da tiempo a casarse, tener dos hijos, llevar una casa, cuidar de unos padres con alzhéimer y, como siempre dice, ser feliz.

            Gracias al trabajo puede pagar la universidad a sus hijos y darles algo de lo que ella nunca ha podido disfrutar.

            Nunca me he atrevido a preguntarle si le gusta la vida que le ha tocado vivir, seguramente me diría que sí. Nunca la he visto quejarse ni llorar, nunca me he parado a pensar lo que aporta a la sociedad, simplemente siempre está ahí.

Autor: Kuentakuentos (pseudónimo)





"UNA LÁGRIMA EN LA ARENA"

Una lágrima caía por si mejilla. Resbalaba por su tersa y fina piel llegando a la comisura temblorosa de la boca. De todo lo que había sido solo quedaba eso, unas lágrimas resbalándose por su piel. Dicen que el tiempo todo lo cura, pero para ella no quedaba más que un triste amanecer tras otro, esperando llegar a la otra orilla como si del pasajero de Caronte se tratase.
            Sus manos temblaban y su pulso se encontraba muy exaltado. El bombear del corazón hacía que sus pechos se agitasen con rapidez. Sentada en la playa no podía hacer nada más que llorar.
            No entendía como podían ocurrir cosas tan horribles en el mundo, se sentía insignificante, perdida en un desierto llamado Tierra. Todo lo que había hecho en la vida no sería recordado por nadie. Sola, sin hijos, sin nadie que la amara o recordara.
            Todo le dolía, no era normal que a su edad se encontrara así, tan solo tenía treinta años y en los dos últimos había alejado a todos los que quería para que no sintieran el dolor que ella estaba sintiendo. Pasó la mano con arena por su cabeza sin pelo. Todo llega a su fin.
Autor: Aníbal A. Quesada Campos

"LA VIDA DE UNA MUJER"

 
Marisa era mujer, y trabajadora. Yo, humilde escritor, voy a contarte a ti, humilde lector, voy a contarte en breves palabras su historia. Marisa nació en un lugar indeterminado y en una época que no mencionaré. Sus padres eran trabajadores. De muy pequeña se interesó por los libros y por el saber. Pero al ser pobre no pudo estudiar. Tuvo que trabajar en una industria de envasados, y tuvo que ver como un hombre, digámoslo delicadamente, más vago que ella cobrara más. Marisa se casó con un hombre y tuvo dos hijos. Aparentemente Marisa era una mujer más, sumisa. Marisa era una mujer culta, que intentaba superarse a sí misma. Su vida fue dura. Tuvo que separarse de su marido y criar a sus dos hijos sola. Posiblemente ahora el agudo lector piense “pobre Marisa, que vida llena de sufrimiento y amargura”. Pero no, Marisa era una mujer feliz, que siempre sonreía, quizá porque tenía suficiente con tener a dos hijos a los que querer y saber que estaba por encima de los que estaban por encima de ella. He resumido brevemente la vida de Marisa, pero todavía las puedo resumir más: Marisa era mujer y consiguió ser libre

Autor: Eduardo Illueca Fernández


"CRIS Y EL ROMPEOLAS"

Cris solía ver la estampa típica de la puesta de sol. A su frente el horizonte, un mar brillante y estable. El sol en el centro y a lo lejos la visión borrosa y apagada de un barco.

Ella solía estar sentada en el rompeolas, siempre en el centro pues así podía notar como el agua rozaba aquellas gigantescas piedras, y el sonido fuerte y duro penetraba en su oído.

Aquello solo ocurría las tardes de invierno, pues en verano el incansable sonido de los turistas no dejaba que ella escuchase lo que el mar le decía, reflexiones mentales, el caos.

Muchas cosas a lo largo del tiempo ha podido escuchar, pero sobre todo lo que ha hecho ha sido reflexionar sobre su vida, el mundo y la actualidad.
Todo tipo de reflexiones suelen aparecer en su mente, sin embargo, cuando el problema parece que va a llegar, desaparece o se camufla.

Y por eso siempre seguirá mirando la puesta de sol desde aquel rompeolas, y así los portales de la luna serán su vida, su hogar, y nada ni nadie lo cambiará, pues qué mejor que disfrutar de lo que tenemos.

Autora: Carmen María Ruiz Fernández





"LA VENDA DE LA JUSTICIA"


Ella cerraba la puerta cuando comenzaban los gritos para que no la oyeran maldecir, aunque siempre terminaba llorando mientras aguantaba el tirón.
Se sentía sola, angustiada, indefensa. Se podría decir que se encontraba incapaz de levantarse y pararlo todo.
Cuando bajaba a la calle para hacer recados, siempre solía agachar la cabeza porque no tenía ánimos de mirar a la gente por si se diese  el caso de que le agobien con preguntas.
No era de esas personas que reunían valor para contar lo que pasaba y eso era su condena.
Cuando el llegaba a casa todo volvía a ser lo mismo, un beso, un te quiero y luego a la habitación a sentarse en la oscuridad mientras tragaba y tragaba.
Los días se le hacían eternos y rutinarios, uno tras otro. Esta noche a la cama y mañana como si no pasase nada.
Hasta que un día dijo basta y dejó volar su corazón diciendo que ya estaba bien, contar lo que pasaba bajo su techo.
Pero, pensándolo detenidamente, ¿qué  le podemos pedir a una niña de nueve años que aguanta todos los días las peleas en casa?
Quítate la venda y abre los ojos.

Autor: Juan Antonio Riquelme Meroño

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