Parecía que toda la comarca se hubiera reunido aquella bochornosa mañana en la Plaza de Armas. Hacía rato que no cabía un alfiler y ahora una sudorosa y maloliente turba le dedicaba todo tipo de improperios, aunque ella, en su duermevela parecía no sentirlos.
Desde su pequeño altozano la vista sería privilegiada, primero se verían las almenas delimitando el castillo del señor conde, la torre de la iglesia, los campos de cereales que se desparramaban hasta el infinito, incluso, al borde del arroyo seguro que podía vislumbrar la recortada silueta del molino harinero donde empezó todo.
Se la veía tremendamente cansada, las últimas horas habían sido un infierno, apenas podía ya mantenerse erguida de no ser por estar atada a aquel madero, sin embargo, el párroco le acababa de anunciar que todo acabaría muy pronto.
De repente, la muchedumbre imprimió más fiereza a sus gritos e insultos, momento que coincidió con una fuerte explosión de calor… aun la vi hacer un débil y último intentó de zafarse desesperadamente de sus ligaduras. Fue en vano, se desmayó justo cuando el olor a carne quemada me hizo vomitar.
Autor: Fulgencio Angosto Sánchez
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